Reconozco que los resultados electorales me han dejado pelín descolocada, no tanto por la victoria de Zapatero frente a Rajoy, sino por el descenso de votos de los partidos abertzales.
A pesar de que el comportamiento electoral en Euskadi es diferente en las Generales y en las Autónómicas, creo que desde las fuerzas abertzales ha llegado el momento de replantearse el discurso, no tanto en el fondo, que algo habrá que cambiar, como en la forma. Innerarity escribe dos artículos que recomiendo (
Alquimia para un acuerdo I y
II) pero para este caso, me quedo con uno de sus párrafos:
“El conflicto vasco es un conflicto político que se nos ha hecho innegociable precisamente porque nos empeñamos en plantearlo como un conflicto de derechos. La confusión entre derechos y aspiraciones ha despolitizado profundamente una confrontación que se ha deslizado hacia la retórica jurídica. Hay demasiada gente empeñada en reconducirlo hacia unos términos que lo hacen políticamente intratable. En los extremos del espectro político hay dos tipos de actores que hacen algo, salvando las distancias, formalmente similar: desviar las discrepancias políticas hacia los tribunales o plantear el debate como una cuestión de derechos. Pero a estas alturas deberíamos saber que plantear los términos del problema en categorías de derechos tiene grandes limitaciones a la hora de resolver los conflictos. Si hay un buen acuerdo en Euskadi, este no tendrá la forma del 'reconocimiento' de un derecho, sino que será un acuerdo 'político'. En una democracia no se discute sobre derechos, sino sobre sus realizaciones concretas atendiendo a la voluntad real de los ciudadanos”. (y cierro comillas...)
Pero más allá del análisis postelectoral, me gustaría hablar de cómo ha vivido parte de la sociedad vasca el último asesinato de ETA. No quiero hacer algo del estilo de los reportajes de Carmen Gurrutxaga en El Mundo (Andoain, el pueblo que vive en el miedo…), pero sí decir que me produce escalofríos ver cómo parte de esta sociedad sigue insensibilizada ante atrocidades como las cometidas en Arrasate; que hubiese gente que pitara en el minuto de silencio de San Mamés, que fuera la primera vez que se guardara un minuto de silencio en este campo…Ciertos ámbitos de este país han vivido en un silencio ante ETA que me parece preocupante para una sociedad.
Tiene que haber un punto medio entre los que dicen que en Euskadi se vive en el miedo absoluto, agazapados por las calles por miedo a que nos tiroteen y los que se comportan con la mayor indiferencia ante la actividad asesina de ETA o que incluso se indignan porque en un campo se guarda un minuto de silencio por una persona asesinada. Por una persona normal, implicada en política hasta tal punto de asumir la responsabilidad de presentarse en una lista, que organizaba las fiestas de su barrio, un hombre que trabajaba en un peaje…
Es curioso cómo en este país nos fijamos metas y objetivos a cumplir en todos los ámbitos y pedimos para ello la colaboración de todos los agentes implicados y, en cambio, somos incapaces de fijar un objetivo de paz.